Zombie vengador
Parecía hablar en sánscrito.
Consuetudinario, yuxtapuesto y malhablado,
le reclamó a las ventanillas,
a los encargados del convento y a los tejidos subterráneos.
Los helicópteros protestaban con luces y hélices
y los besos ya no fueron necesarios.
Para poder revertir estos males trató de confundir a los astros,
a las onomatopeyas,
a las liendres de los calvos.
Siempre andaba ocupado por los atavíos del viajero,
siempre tan desolado, tan lleno de humanidad, de sí mismo.
Saber qué piensas antes de soltar cualquier palabra era su especialidad,
por eso mismo lo obligaron al destierro,
en donde consiguió llegar a saber las intenciones de los animales,
de las rocas, del agua, las nubes, el tiempo.
Sabía que no era bueno saber de más
en un mundo donde reinaba la autodestrucción,
pero eso a él no le importaba,
le bastaba con saberse mortal, finito, irrepetible
y con posibilidades de regresar de entre los muertos
para comer cerebros podridos por los efectos nocivos la televisión.
La eclosión sucedió en silencio,
el único ruido era el de su cabello agitado por el viento y el de sus pensamientos.

